Los crímenes de Laura:
Una remota posibilidad
Nivel de violencia: Bajo
Aviso a navegantes: La
serie “Los crímenes de Laura” contiene algunos fragmentos con mucha violencia explícita.
Estos relatos conforman una historia muy oscura y puede resultar desagradable a
los lectores. Por lo tanto, todos los relatos llevarán un aviso con el nivel de
violencia que contienen:
-Nivel de violencia
bajo: El relato no contiene más violencia de la que puede ser normal en un
relato cualquiera.
-Nivel de violencia
moderado: El relato es duro y puede ser desagradable para gente sensible.
-Nivel de violencia
extremo: El relato contiene gran cantidad de violencia explícita, sólo apto
para gente con buen estómago.
Cuando la detective Laura Lupo abrió los ojos aquella mañana,
se sintió más desconcertada al encontrarse en su propia habitación, de lo que
se abría sentido si se hubiera despertado en cualquier otro lugar. Por un fugaz
momento, su corazón se contrajo, anhelando que los últimos años hubieran sido
sólo un mal sueño, una pesadilla de la que por fin había conseguido despertar.
Pero cuando se volvió con el deseo esperanzado brillando en sus ojos, descubrió
consternada que nada había cambiado, pues entre las mantas revueltas no había
nadie más que ella. Y ese, era el motivo de que ya nunca durmiera en aquella
cama, ni se enredara entre las sábanas en las que una vez amó, no lo hacía
porque era incapaz de soportar el vacío que en aquella habitación anidaba.
Laura recordó los acontecimientos de la noche anterior,
cuando había caído, agotada, en un sueño intranquilo y turbulento en el sofá.
Recordó haberse despertado angustiada, perseguida y acorralada, de una pesadilla
repleta de huevos de pascua. Después se había metido en la cama, con la esperanza
de que él la velara. Pero él no la había velado, porque no estaba. Laura
intentó librarse de aquellos pensamientos, pues comprendió que no la beneficiaban
en nada, y decidió que si quería levantarse, debía hacerlo antes de caer rendida
ante su propia melancolía.
Extendió el brazo, palpando a ciegas, con la mano, la
superficie de la mesilla de noche, en busca de un cigarro. Suspiró molesta al
no encontrarlo y se puso en pie de un brinco, disfrutando de la sensación poco
habitual de ausencia de resaca. Sin arropar su cuerpo con nada que la cubriera,
se dirigió al cuarto de aseo con la intención de lavarse la cara. Le esperaba
un largo y duro día por delante, pues tenía bien poco a lo que aferrarse en el
caso en el que estaba trabajando; durante los últimos dos días no había hecho
más que dar palos de ciego, no tenía prácticamente nada, y las cosas amenazaban
con ponerse cada vez peor. Y el asesino de mujeres, que después las empaquetaba
y las enviaba, seguía suelto y en paradero desconocido, sin que ninguna pista
la acercara a su captura.
Laura se miró en el espejo mientras se lavaba el rostro con
abundante agua. El pelo rubio, que había ido oscureciéndose con el paso de los
años, le caía, demasiado largo para su gusto, justo por debajo de los hombros,
enmarcando su anguloso rostro entre delicados mechones ambarinos y tostados.
Los ojos azules, antaño brillantes y vivarachos, seguían grandes y curiosos,
como siempre, pero muchas veces ya no se reconocía en ellos. Sin embargo la
nariz, esa no había cambiado, larga, fina y engarfada, vigilando, siempre
atenta, sobre sus delgados labios. Sin dejar de mirarse, cepillo en mano, se
peinó, recogiéndose la melena en una alta coleta, mucho más cómoda que suelta.