Aviso: Este último relato que cierra la serie Isabela es el más oscuro y duro de toda la saga, con bastante agresividad y violencia. Avisados quedáis. A partir de aquí, el que decida continuar, que sea bajo su propio riesgo.
Isabela cruzó a grandes zancadas la verja ornamental y atravesó sin detenerse, casi de forma altiva, orgullosa, el florido jardín que daba la bienvenida, por lo general, a tristes visitantes. Cualquiera que se hubiera detenido a observarla, habría supuesto que se trataba de una viuda en duelo que iba a visitar a un esposo recientemente fallecido. Sus negros ropajes, ceñidos pero sobrios, la pamela negra y el ramo de flores, así la delataban.
Pero el observador anónimo que hubiera podido pensar tal cosa se equivocaba. Isabela sí vestía duelo, y aunque lloraba la perdida de un esposo querido, no lloraba su muerte. Él vivía, pero vivía lejos de ella.
Isabela recorrió las hileras de tumbas hasta detenerse frente al lugar de descanso que buscaba. El ramo que acarreaba la mujer se estrelló con furia contra la losa de mármol y las flores se desperdigaron por el suelo.
-Maldito hijo de puta –gritó la mujer a nadie en particular-. Eres un maldito hijo de puta, tenía que decírtelo. Lo jodiste, lo jodiste todo.
Isabela se derrumbó sobre el frío suelo y rompió a llorar mientras maldecía.
-Podíamos haber sido felices, pondríamos haber vivido una vida plena. Podrías haberte olvidado de mí. Tú también podrías haber sido feliz sin nosotros.
Las lágrimas de la mujer anegaban sus ojos y caían por sus mejillas formando ríos de amargura.
-Ahora lo hemos perdido todo, los tres. Y Guillermo será el que pague por nuestros errores. Por tu mala fe, por mi ingenuidad.