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lunes, 3 de octubre de 2011

Isabela Capitulo 7: La Grande Dame Rosé.

El lujoso vehículo se detuvo junto a la pareja que, sin dudarlo, se montó en él, abandonando temporalmente sus obscenos quehaceres. Había llegado un punto en el que la mezcla de alcohol, droga y excitación les permitía traspasar las barreras de la decencia y entregarse el uno al otro de una forma casi animal.

El chofer, que podía observarlos a través del bajado cristal de la mampara que separaba la cabina del resto del coche, contempló como la pareja subía a la parte trasera de la limusina. Ella, sin nada que le cubriera su parte superior, se recostó en el largo asiento de cuero, mientras él, visiblemente turbado, se subía sobre la mujer y besaba su cuello pasionalmente. El conductor de limusinas era un hombre experimentado, llevaba muchos años conduciendo grandes y lujosos vehículos en muy variadas ocasiones y para públicos muy dispares. Pero no era la primera vez, ni sería la última, que trasladaba a un hombre adinerado que compartía velada con alguna furcia. Así que no se asombró más allá de lo que cualquier taxista se hubiera sorprendido al recoger a una pareja de adolescentes borrachos una noche de sábado. 

-¿Adónde vamos, señor?

-Donde quiera, demos un paseo por ahí -respondió Guillermo sin apartar los labios del cuello de su esposa.


viernes, 30 de septiembre de 2011

Isabela Capitulo 6: En memoria de otra época.

Salieron del local, Isabela excitada y Guillermo algo molesto por el incidente. Decidió no darle mayor importancia, después de todo aquello era solo un teatro, una fantasía, un espejismo. Ella no era así, ella era distinta, todo era un juego. Guillermo se convenció a sí mismo repitiendo estos argumentos hasta que los creyó totalmente. No había de que preocuparse, sólo debía disfrutar del momento.

Atravesaron la puerta del local y al salir a la calle Isabela beso apasionadamente a su marido descubriendo la sorpresa que este le había reservado. Una lujosa limusina negra estaba aparcada frente al restaurante. Nada más verla Isabela supo que la había alquilado su marido hacía pocos minutos con aquella llamada misteriosa.

-No debías haberlo hecho.

-Me apetecía cuidar a mi chica, y a mi puta.

-Pero eso rompe la fantasía- protestó Isabela sin demasiada convicción.

-Romperá la tuya, monada, yo siempre he deseado tirarme a una puta en un trasto de estos.

-No lo dices en serio.- A pesar de todo a Isabela no le gustó aquel comentario. Aunque ahora sentía que no tenía motivos para desconfiar de su marido, las palabras del amigo discorde de ambos le habían vuelto a la mente repentinamente. Sintió un repentino nudo en estomago que no supo explicarse ni siquiera a sí misma. Ella había sido la infiel, ella había ideado la fantasía, ella había coqueteado frente a otros hombres mientras jugaba a aquel juego peligroso, incluso fantaseó con encontrarse a su hombre en manos de otra mujer cuando fue a buscarlo al despacho. Y ahora no entendía por qué aquel comentario la había molestado tanto. Guillermo sólo interpretaba el papel que ella le había asignado, y no tenía derecho a sentirse ofendida. -¿Verdad?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Isabela Capitulo 5: Redención.

Isabela atravesó la puerta del edificio y sintió inmediatamente el fresco de la noche nueva sobre cuerpo semidesnudo. El sol se había escondido ya tras los altos edificios y la luna, siempre cómplice de la lujuria y la vergüenza, la observaba desde las alturas. Aunque la temperatura de aquella noche primaveral era más que agradable, la fresca brisa recorrió cada centímetro de su piel, haciéndola estremecer. Confiaba en que Guillermo se apresurara, porque temía coger una pulmonía si seguía mucho tiempo expuesta de aquella manera. Miró a su alrededor esperando encontrar el coche de su marido, pero solo fue capaz de distinguir la libidinosa mirada de un transeúnte que se acercaba caminando por la acera. El primer sentimiento fue de miedo, de vergüenza, intentó encogerse, pasar desapercibida, que aquel hombre dejara de comérsela con la mirada, que apartara aquellos ojos hambrientos de su cuerpo. Pero al instante fue consciente de su nueva situación. Esta noche había dejado de ser la niña buena, esta noche debía interpretar un papel, le gustara o no. Y estaba descubriendo más deprisa de lo que imaginaba que sí le gustaba.

Isabela se giró para encararse con el hombre que se acercaba y le sonrió de forma pícara. Ahora quería ver que efecto era capaz de producir en aquel pobre infeliz. El hombre le devolvió la sonrisa y aminoró el paso para disfrutar del espectáculo que aquella fulana parecía querer dedicarle. Isabela se sorprendió descubriendo su propia excitación y subió las manos acariciándose la tripa desnuda hasta que las detuvo bajo sus senos empujándolos hacia arriba para realzarlos más, si aquello era posible. Deslizó su mano derecha hasta agarrar la pequeña faldita por el exterior del muslo y la subió lo suficiente como para dejar totalmente descubierta su pierna derecha y permitir que el hombre viera sino total, por lo menos si parcialmente, su entrepierna.


sábado, 24 de septiembre de 2011

Isabela Capitulo 4: El castigo que una puta merece.

Pobre muchacho, pensó Narciso Portobello mientras repasaba el expediente. Sinceramente no podía sentir más que lástima por el chaval. Pero así son las cosas, la vida no siempre era justa. Y más ahora, con los tiempos que corren. Antes, antes el amor sí que era para siempre. Ahora una pareja se casaba para descubrir a los pocos mese que ya no se querían. Eso ni es amor ni es nada. El amor es sacrificio, es aguante, es solidaridad y sobretodo es sufrimiento. Aunque para los jóvenes, pensó Portobello, nada de eso tiene ya sentido. Ellos solo piensan en el instante, en el momento. ¡Jóvenes! Narciso sacó una caja de fósforos del cajón de su escritorio y encendió una de las pequeñas cerillas diestramente. Se la quedó observando durante unos segundos para acto seguido aproximarla al gran puro que sostenía entre sus dientes. Cuando la llama entró en contacto con la reseca hoja enrollada aspiró profundamente, haciendo que la cerilla y el puro se fundieran en uno solo. Aquello era amor. El fuego y la pasión eran lo primero, la primera bocanada, el sabor de la primera calada. Y luego solo quedaba la lenta combustión. La unión permanente entre el fuego y la planta. Sus pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por unos irregulares golpes sobre la puerta de su despacho.

-Comisario Portobello, disculpe, nos dijo que le avisáramos cuando llegara el abogado.- Dijo un joven agente de policía asomando tras la portezuela.

-Bien, sí, bien. Sí que lo dije… Bien, hágalo pasar eh… pasar a mi despacho.- El comisario Portobello ordeno sus pensamientos rápidamente mientras el abogado se sentaba frente a la mesa en una de las pequeñas y viejas sillas.

-Me gustaría entrevistarme con mi cliente en cuanto sea posible, por favor.- Francisco Olmos estaba algo desconcertado por aquella reunión. Al entrar en el edificio e identificarse como abogado de Guillermo Tortajada y tras unos minutos de espera uno de los agentes lo había conducido a aquel despacho. Francisco Olmos no era abogado penalista, pero estaba casi convencido que había allí algún fallo de protocolo.